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Ensaladilla de Microrrelatos

 

 

Cineasta Escritora Psicóloga Prensa Los Monaguillosh

 

Los microrrelatos con asterisco están incluídos en "La vida es una palabra muy corta" (Nazarí, 2014).

 
ABRIL*

Me senté en la última fila del autobús escolar, suplicando baches. Por fin salíamos de excursión toda la clase, y mis compañeras se regocijaban en sus asientos, mientras piropeaban al conductor. La profesora decía que la primavera no tiene remedio. Unos días antes yo había hecho el amor por primera vez. Sin precauciones.

 
SHOPPING*

Mientras pagaba en unos grandes almacenes, un hombre le susurró algo tan bajo que sólo captó las palabras “pay” y “drink”. Cogió sus bolsas y salió sin volver la vista. Que no me siga, que no me siga. En el trayecto hasta el hotel se hizo de noche y las calles quedaron vacías. Se preguntaba por qué se había empeñado en viajar sola, dejando en casa a su marido y a sus tres hijos. Cuando al fin se sintió a salvo en la habitación llamó para decirles cuánto los echaba de menos. Ya en el avión, empezó a encontrarle la gracia a lo sucedido, y al día siguiente presumió ante sus compañeras de oficina.

Ahora, sin embargo, no puede dejar de pensar qué habría ocurrido de haber aceptado aquella bebida.

 
PENELÓPEZ*

“No sé para qué compramos la casa de Torrevieja” se quejó la mujer, mientras vertía las gotas adelgazantes en el vaso de agua, “si nunca tienes tiempo para que vayamos”. Estaban cenando frente al televisor, y su marido le aseguró que en cuanto terminara de arreglar el jardín, ordenar la colección de filatelia y colocar por autores todos los libros de la casa se irían para allá una buena temporada.

Luego, como cada noche, bajó desde el dormitorio sigilosamente y cambió de lugar varios montones de libros, sacudió un álbum de sellos dejando que se esparcieran por el estudio, y salió al jardín a pisotear las flores y estropear la valla que estaba montando. Volvió a la cama satisfecho y besó a su mujer, que dormía plácidamente bajo el efecto hipnótico de aquellas gotitas. Tenía más trabajo que nunca.

 
EL CAMBIAZO*

Durante las rebajas vio un par de sandalias elegantes, y de su número, sobre el estante de la abarrotada zapatería. Se las probó, dio unos pasos con ellas y dudó por un momento si podía permitírselas. Resignada, se calzó sus modestas zapatillas y, al salir de la tienda, la empleada  fue tras ella y le espetó que devolviera el calzado y que se llevara las sandalias caras con las que había entrado. No supo si alegrarse o no. Ahora camina con más garbo, pero le duelen mucho los pies.

 
PROSPERIDAD*

En un pueblo remoto había un pozo al que los aldeanos echaban monedas para que se cumplieran sus deseos. Solo lo hacían en contadas ocasiones, cuando estaban verdaderamente necesitados, y a los pocos días su suerte cambiaba. Sin embargo, la fama del pozo empezó a atraer a curiosos, turistas y toda clase de avariciosos, que llegaban en coches y autocares. Todos pedían el mismo deseo, y el pozo se agotó. Pero nadie en el pueblo quiso desvelar a los forasteros que las monedas iban a fondo perdido. Simplemente les recibían con una sonrisa.

 

CALMA CHICHA

La serpiente estuvo tan quieta que durante años se mimetizó con la tranquilidad de la fábrica. Los empleados hacían su trabajo silenciosos, el jefe se asomaba y no recibía queja. El jefe, entonces, volvía a su despacho. Un día empezó a fluir un aroma amargo, muy sutil pero constante, y los empleados empezaron a enfermar sin tener ninguna dolencia. Los dedos, todos los dedos, apuntaron hacia la puerta del jefe, que cada vez se abría menos. Llegó la Policía sanitaria y precintó el despacho, tras llevarse al hombre esposado a un calabozo. El comisario, antes de marchar, preguntó a quién entregaba la llave de aquella puerta que guardaba el poder y los dineros, y en ese momento saltó la serpiente y la atrapó al vuelo, apretándola entre sus afilados dientes.

 
¿Y ÉL?

Domingo noche. Lluvia. Frío. Como si fuera una manida escena de cine, pero tan real como una pesadilla. Yo, caminando despacio, bajo el paraguas. ¿Y él? ¿Qué estaría haciendo en ese momento? Yo, mirar escaparates mortecinos, tiendas cerradas, caras largas de domingo. ¿Y él, estaría divirtiéndose por ahí, tomando cerveza en algún bar animado, charlando, riendo? Y así, mientras yo seguía buscando desesperada la manera de no pensar, para lograrlo durante tres segundos y a continuación verme inundada de ansia e incertidumbre, él… ¿qué estaría haciendo él? ¿Se acordaría de mí por un instante? Desde la acera miraba los utensilios de cocina de la ferretería y las tapas de los libros tan inertes como su propio contenido, y decidí entrar en una cafetería. Un grupo de mujeres intercambiaban sus móviles para mostrarse las fotos. Estaban tan animadas. Sorbí mi infusión y miré el reloj. Faltaban catorce horas para entrar al quirófano y no podía dejar de preguntarme qué estaría haciendo el hombre bajo cuyas manos caería profundamente dormida, jugándome el futuro.

 
¿BAILAMOS?*

Pedro no me ha llamado. Esta vez va en serio. Tengo que buscar un punto fijo, si no, pierdo el equilibrio. Pirueta a la derecha. Que no soy lo que esperaba, que soy una decepción. Y ahora, mirando el mismo punto, doble pirueta a la izquierda. Todo me da vueltas, pero yo no pierdo de vista esa grieta en la pared: mi punto de referencia. Chassé, chassé, salto con giro, me agacho. Que no me soporta, que cualquier verdulera es mejor que yo. Plié, relevé, aguanta ahí sin pestañear. Que mis clases de baile son una pérdida de tiempo, como todo lo que yo hago. Cadera, cadera, costillas, costillas, traspiés. Y yo siempre dándole la razón. Voy a perder el paso. Al suelo, piernas en alto. No puedo más… Círculos con las piernas. Sonríe. No puedo. ¡Arriba! Allá voy: pirueta, relevé, pirueta, al suelo, yo tampoco te quiero. Aplausos. Hasta nunca. Ovación.


EL DUENDE*

Algún día se enterarían de quién era el que movía el espejito, el cepillo de plata y la polvera dorada, pero aún tenían que pasar algunos años. Y, mientras, mi abuela seguiría lamentando que los duendes, o los ratones, descolocasen cada noche su tocador. Mi madre seguiría atosigando a mi padre para que ingresara en una residencia a su señora madre, que daba ya demasiadas muestras de senilidad. Y yo, el hombrecito de la casa, seguiría esperando cada noche a que todos estuviesen dormidos para entrar en la alcoba de la abuela, y jugar a ser la mujer que había dentro de mí.

 
IRINA*

No sé si os pasa, pero yo nunca logro evitar que los restos de ceniza manchen la madera del mueble del comedor. Dejo que se acumulen y luego soplo para que queden esparcidos. Y cuando viene Irina, los miércoles, saca el paño y borra de una pasada la palabra que he dibujado con el dedo. Aunque al principio me divertía poniendo refinados insultos, incomprensibles para una ucraniana recién llegada, luego empecé a declararme en varios idiomas, menos el suyo. Hoy sin embargo se ha marchado antes de tiempo, y sin despedirse. Justo hoy que le había dibujado un corazón. 

 
AZAR

Observo al hombre que sale del establecimiento, estruja un trozo de papel y lo tira al suelo. Camina sin dificultad, su barriga es poco pronunciada, lleva ropa limpia y planchada. Se monta en el coche y arranca sin problema, el vehículo avanza sin dar tumbos, nadie se choca contra él y no se le pincha ninguna rueda. Seguramente llegará a casa y no recibirá ninguna llamada preocupante, ni sus hijos le darán algún disgusto, ni habrá una avería en su domicilio. Probablemente disfrutará de una cena placentera con su mujer, se sentará en su butaca o sofá, verá las noticias en la televisión, y no le dolerá ninguna parte del cuerpo. Entonces, durante unos instantes, se pondrá a pensar en todos los deseos que no podrá satisfacer nunca, en los sueños que no se van a cumplir, y se sentirá un hombre muy desdichado por su mala suerte. El cupón de lotería no estaba premiado.  

 

SPA DE HUMILDAD

Elevamos sueños a la altura de sus posibilidades, rebajamos ambiciones al nivel de sus necesidades. Cuando se sumerja en nuestras aguas termales notará cómo sale a flote la espuma insustancial que rellena su vida. No se asuste si llora por las orejas, son las frases vanas que taponaron sus oídos. Después un buen jarro de agua fría arrastrará la rabia hirviente que le calentó la lengua y los restos de pelusa. Por último, deje su ropa con los trapos sucios y estrene el nuevo traje de cordura: ya no se lleva el desnudo de emperador ni las llagas de mesías.


SEÑALES*

Hubo un tiempo en el que los transbordos en el metro eran muy largos y no tenían tapices rodantes ni ascensores. Y si además el pasillo era rectilíneo, podía ocurrir que el amor de tu vida apareciera a lo lejos. Y que te diera tiempo de verlo llegar, mientras pensabas frenéticamente qué ibas a decir al cruzarte con él. Y entonces os saludabais, dos besos, qué tal, adiós. Y después para adelante, sin mirar atrás. Y te preguntabas si no sería una señal encontrarte al amor de tu vida en medio del pasillo del metro. Pues no. No lo era. 


A CARA O CRUZ*

De ser una gran ejecutiva a dormir en el coche reclinando el asiento. De los buenos días protocolarios a las miradas insustanciales. De la despedida fría de sus colegas a la sonrisa compasiva de la controladora del aparcamiento. De las vistas de su dormitorio al reflejo del sol en el salpicadero. Ha sido un paso. El breve trayecto entre jugar y perderlo todo. Jugar sin límites, como cuando era niña. El motor encendido. Por delante, el largo viaje de la recuperación. Detrás, un escaso equipaje. El freno de mano puesto. El tubo de escape liberando gases. La moneda en el aire.  

 

 

PORQUE ESTABA AHÍ

Mucho me temo que vienen a rescatarme de mi ignorancia, a convencerme de que fui una ingenua. Vienen todos a por mí, en manada. Pronto me rodearán, explicándome las cosas como fueron, la verdad que desconocía. Cuando abra la boca su ruido tapará mis palabras. Ellos no estuvieron, pero saben. Porque el eco de sus comentarios se eleva sobre nosotros  y cae como lluvia que no escampa. Les molesta verme seca. La edad reseca. Pero puedo decir lo que pasó.


 

JERSEYS Y CAZADORAS*

En el armario familiar, las cazadoras de mi padre abrazaban los jerseys de mi madre, y los tacones de ella pisaban las botas de él. Al cabo de unos años, lo cambiaron y compraron uno de dos cuerpos y, de paso, sustituyeron la cama matrimonial por dos colchones de látex. Ahora, cada uno tiene su propia habitación, su propio armario, y sus calcetines se enredan, muy de vez en cuando, en la lavadora.

 


PURO MIEDO

Fue la primera vez que no le dio la mano al empezar la película, a pesar incluso de la tensión que se vivía en el patio de butacas, de la inquietante banda sonora y de que se agazaparan todos los niños a la primera dentellada. Últimamente ponía excusas para quedar con ella, pero ahora que por fin lo tenía a su lado, sólo sentía una espantosa inquietud. Cuando mataron al tiburón, los espectadores suspiraron con alivio. Menos ella, que sabía que al salir del cine le esperaba otro final.

 
EL OLFATEADOR*

Por ejemplo, averiguar quién era la mujer que me estaba anudando la corbata fue uno de mis primeros éxitos como olfateador. Tenía los ojos vendados y toda la oficina mirándome. Enseguida supe que era la administrativa. Después otra mujer pasó sus dedos por mi pelo y adiviné que era la documentalista. Tampoco fallé cuando el diseñador gráfico me sacudió la caspa de los hombros. Al regresar a mi mesa de trabajo la recepcionista, a modo de despedida, me tocó la punta de la nariz, lo cual desencadenó en mí una terrible convulsión. Desde entonces, cuando llego a trabajar entro con un pañuelo en la nariz.

Creen que es alergia, pero es amor.

 
EN BUSCA DEL VALLE PERDIDO*

Mientras tiro las píldoras entre los matorrales compruebo que nadie me sigue. Desde que dieron con la fórmula de la felicidad, por la que tanto lucharon nuestros antepasados, ya nadie se queja ni llora ni patalea. Jamás nadie se quita la vida, porque no duele. Pero yo desenterré, casualmente, un libro de los de antes, en papel, y mientras leía “Romeo y Julieta” noté cómo afloraban mis primeras lágrimas. Me gustó sentirlas resbalar, lentamente, y decidí esconder la píldora diaria que nos dan en la fábrica. Antes de que mi rostro compungido me delate estaré al otro lado de las montañas, fuera de este beatífico país.

 
HOMENAJE A EMILY DICKINSON*

Para tener un día feliz hace falta
perder la cuenta, regar las plantas,
cambiar el paso, besar un sapo.
Y si no tienes agua
te basta un cántaro. 

 

FALSAS PROMESAS*

Acabamos todos apretujados y llorando en aquel enorme congelador. Quién lo hubiese imaginado unos minutos antes, cuando nos dirigíamos veloces hacia ese lugar lleno de arroyos, saltos de agua, lagos cristalinos, sin escuelas, sin exámenes, sin tener que trabajar, que nos prometieron a cambio de un voto, un simple voto en las urnas. Fuimos alegremente en cardumen, sin atender los consejos de mi abuelo, un atún enorme y cabal. Él siempre me había aconsejado: “cuidado con las palabras, a veces encierran trampas”. Ahora es tarde. Picamos el anzuelo.  

 

PLANES

Con rigor y pasión se entregó al cálculo del mejor momento para engendrar a su hijo: luna nueva, mes de septiembre, alta humedad relativa del aire, baja presión atmosférica. Había leído muchas revistas de bebés y un libro sobre la personalidad de los niños nacidos en la primavera. Y lo más importante: había alcanzado una holgada situación económica. Quedaban pues pocas semanas para ponerse a la tarea. La excitación iba en aumento. Solo faltaba conseguir una mujer que lo quisiera.

 

PARAÍSO PERDIDO

En un rincón, y bajo una capa de polvo, aguardan un barco pirata, un traje de astronauta y un aparato de radio el momento de su destrucción. Insiste mi mujer en que libere de una maldita vez el trastero, que tiene que liberar los armarios de casa. Repite mi terapeuta que tengo que soltar lastre. Exige mi hijo que le compre una tablet nueva. ¿Pero cuánta presión se creen que puede aguantar un hombre que viajó a la luna y buscó el tesoro enterrado mientras su abuela le freía rosquillas con la radio a todo volumen? ¿De verdad se piensan que voy a tirar los restos de mi naufragio? Como sigan así me cambio de isla y no me vuelven a ver el pelo. Ah, no, que ya no me queda.  

 

(c) BEATRIZ ALONSO ARANZÁBAL

 

 

 

Contacto: bealaran@gmail.com